Helen Grandfield nació a la edad de treinta años, habiendo dejado atrás su identidad como bailarina de strip-tease que no logra hacerse popular y cuya maltrecha reputación ni siquiera logra enfurecer a su padre. El viejo simplemente la ignoró. Mientras no usara el apellido de la familia, poco le importaba. Tenía otros hijos que no intentaban sacarlo de sus casillas y demasiadas cosas en las que pensar, como mantenerse con vida y lejos del alcance de la ley, para preocuparse de una hija. Entonces, ella cambió. Así de sencillo. De repente. Aprendió contabilidad y después fue a clases de economía en el Fordham. Desde entonces tuvo un valor práctico para su padre, que no solo la apreciaba sino que escuchaba sus consejos. Estaba contenta. Dormía bien. Las cosas estaban saliendo bien esa noche. Cosas importantes, que podían significar un buen negocio para su padre, y también para ella. En lo más profundo de su ser pensaba que si todo iba tan bien como tenía previsto, encontraría al capullo de su marido y haría que le cortasen el cuello…, probablemente con ella como testigo. Helen Grandfield dormía muy a gusto.

Ed Taxx y Cliff Collier no dormían. Ni siquiera lo intentaron. Se suponía que no tenían que dormir. Estaban sentados en una habitación de hotel, Ed leyendo una novela de misterio de Jonathan Kellerman, Cliff viendo un partido de hoquey sobre hielo en diferido jugado horas antes. Había evitado ver las noticias de la cadena ESPN para no conocer el resultado. En ese momento, los Rangers iban por delante, 3 a 1, al inicio del tercer período. Cliff se estaba tomando una Coca Cola light. Ed una Dr. Pepper. Ninguno de los dos estaba realmente cansado. Tenían muchas cosas en la cabeza. Sin embargo, una sacudida de cafeína o de una Mountain Dew no les iba a ir mal. Taxx le echó un vistazo a su reloj de muñeca. Faltaban más o menos dos horas hasta el alba. Tenía problemas para mantenerse concentrado en el libro. Cliff se había ofrecido a escuchar el partido con el volumen a cero, pero Ed le había dicho que no le importaba. No le gustaba el hoquey sobre hielo, pero sabía que no podía apagar el televisor. Ed se ajustó la pistolera y se tumbó de espaldas con el libro sobre el pecho.



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