
Stevie Guista soñó con agua, sólo agua, una vasta extensión de agua. Sabía que estaba fría y no quería ir hacia ella, pero resultaba hermosa y lo único que deseaba era seguir mirando. Entonces le invadió una sensación. Algo se le estaba acercando por detrás. Quiso darse la vuelta y mirar. No quiso darse la vuelta y mirar. Quiso zambullirse en el agua. Temía zambullirse en el agua. Permaneció inmóvil en la orilla del lago o lo que fuese y deseó con todas sus fuerzas despertar.
Jacob Laudano, maldición, volvía a montar a caballo. Sabía que estaba soñando, pero no podía despertar y tampoco conseguía que el caballo se detuviese o ralentizase el paso. Se agachó y esperó, sabiendo por la posición de los otros caballos que iba a perder, o peor aún, que iba a caerse. Había sido jockey durante ocho años y odiaba todos y cada uno de los días que había tenido que hacer dieta, todos y cada uno de los momentos que había estado subido en lo alto de aquellos estúpidos animales a los que apenas toleraba. No le gustaban. Había sido un jockey pésimo. Como ladrón era mediocre. Si pudiese despertar se tomaría algo, un vaso de agua, algo. Entonces podría volver a dormirse. Había llegado a su apartamento hacía menos de una hora. Había hecho lo que tenía que hacer. Había sido fácil. Ahora tenía su dinero. Entonces, ¿por qué tenía pesadillas? Ese sueño en particular, que volvía a situarlo sobre un caballo, sabiendo que iba a perder. Se esforzó, gritó en el sueño, luchó y apareció en la oscura vigilia. El rugido de la multitud no era más que el ulular del viento. La brisa que llegaba hasta sus piernas procedía de las ventanas, que no encajaban bien. El sudor que perlaba su frente no se debía al agotamiento por la carrera sino a una creciente sensación de terror. Jacob el jockey tenía miedo de volver a dormirse.
Ella tenía tres nombres: el que le pusieron al nacer, el que adoptó al casarse con el capullo que se largó de casa una noche mientras ella dormía, y el que usaba en el trabajo, su nombre profesional, su nombre respetable.
