La chica se llamaba Lilly. Tenía once años, era un poco baja para su edad pero no demasiado. Algo la despertó. Miró a su madre desde la cama y vio que respiraba como solía hacerlo cuando dormía. Lilly estaba casi completamente segura de que la había despertado el viento.

Salió de la cama y fue hasta el salón, donde encendió la lámpara de la mesa que había en el rincón. Allí estaba el perro. No era un perro feo, pero tampoco podía decirse que fuese bonito. Se preguntó si tendría que haberlo pintado en tonos marrones y dorados en lugar de hacerlo en blanco y negro. Aún no era demasiado tarde, pero sabía que no lo iba a rectificar. Estaba cansada. Podría cometer un error, empeorarlo. Tendría que quedarse en blanco y negro. Esperaba que a él le gustase, aunque se tambalease cuando se ponía de pie. Había dibujado una de las patas traseras demasiado corta. Lilly cogió un vaso de un estante de la cocina y la leche chocolatada de la nevera. Se sentó con el vaso de leche y una galleta con trocitos de chocolate y siguió examinando al perro. Decidió llamarlo Spark. O tal vez de otro modo.

Acabó la galleta y la leche, dejó el vaso sobre la mesa y se reclinó hacia atrás. Podía ver la nieve golpeando contra la ventana, no es que quisiese entrar dentro sino que simplemente caía despacio. Se quedó dormida.

1

El hombre muerto estaba sentado con la espalda apoyada contra la pared del fondo del pequeño ascensor con paneles de madera. Tenía la cabeza apoyada en el hombro izquierdo, las manos cruzadas sobre el pecho. Justo por encima de su mano derecha había una mancha de sangre. La pierna izquierda salía por la puerta del ascensor.



7 из 202